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UNA LUCHADA EN LA CUMBRE VIEJA

FUENTE DIARIO DE AVISOS: SABADO 1 DE SEPTIEMBRE DE 1951
ARCHIVO: MARIA VICTORIA HERNANDEZ

UNA LUCHADA EN LA CUMBRE VIEJA
POR: ANTONIO PINO

            Una memorable noche de verano de 1880 y a más de 1.400 metros de altitud sobre el nivel del mar, se dieron cita para celebrar este singular encuentro de luchas canarias – que con harta frecuencia se repetían – los  luchadores de uno y otro de los bandos en pugna, en los arenales de la Cumbre Vieja.

            El escenario de las fiestas deportivas, fue sabiamente escogido por los guanches, para sus ejercicios bélicos, sus danzas alegres e ingenuas, sus cantos gemebundos, que rimaban a la perfección con la música de los pinares que circundaban estos arenales desérticos, y para sus adoraciones al verdadero Dios, señalado hacia arriba a perpetuidad por el icono victorioso, yermo inconmovible  de Bidigoyo, una de tantas antenas pétreas de la Isla, aguzada hacia los cielos en ascensiones increíbles….

            En estos llanos, donde flota el polvo de tantas leyendas olvidadas, han tenido lugar después de la conquista e incorporación de la Isla a la Corona de Castilla, grandes luchadas, que terminaban en fiestas ingenuamente  alegres, que empezaban  con el morítmico canto de los Aires de Lima para acabar danzando el Sirinoque. Ningún lugar mejor que este para terrero de nuestra noble lucha. Atravesados por la Cumbre Vieja – camino de enlace primitivo entre una y otra parte de la Isla – estos Llanos de los Sables, en el centro de los principales caseríos, y lugar limítrofe de varios pueblos, fue también centro equidistante de varios reinos benahoritas, y tanto ellos como nosotros nos hemos ejercitado en este viril deporte  de la lucha, sobre estas llanuras abiertas a la noche estrellada, dominadora de alturas, enmarcadas entre bosques de pinos e invadidas en parte por los brezos y los amagantes. No encontraremos mejor sitio  que este para escenario  único de la lucha aborigen, pues su arte de maravilla, no cabe en los vallados terreros en la tierra baja, y mucho menos en locales cerrados, donde no alcanza  el fuerte aliento de los pinos  y donde no alumbran con dulcedumbre inefable, lámparas celestiales. Al aire libre de las alturas incontaminadas, en la quietud profunda de la noche  canaria, besados por las brisas perfumadas del monte y bañadas por la luz blanda y femenina de la Luna, estas llanuras – a lo que en La Palma llamamos llanuras – y a las que para ser africanas del todo solo le faltan las palmeras, saben de la honda identificación  de los luchadores de todos los tiempos, de la hermandad en los ritos deportivos , de la fusión de caracteres a pesar del tiempo y de la Conquista.

            Por todas partes aparecen hombres de todas las edades; Unos llegan por el viejo camino de la Cumbre Vieja, que en fila india escalan por una y otra vertiente, otros llegan por la misma cima de la Cumbre que se extiende al Norte y al Sur de Bidigoyo, algunos avanzan a campo traviesa orientándose en la noche por el Pico – vigía dormido en fuego de purificaciones – y todos suben y suben, pues la Isla es un rabioso accidente  geográfico, desde las Breñas, Mazo, Fuencaliente y Santa Cruz de La Palma, por un lado, y por el otro desde  Los Llanos, El Paso, Tazacorte, Tijarafe y Fuencaliente también, desde distancias no inferiores a los ocho kilómetros de recorrido. Los Llanos de los Sables  y de las Brujas, se ven invadidos por una gran muchedumbre en las primeras horas de la noche, cuando hace su aparición en los cielos, la luna, que es la misteriosa lámpara de la naturaleza que alumbra y decora estos parajes, rielando sobre el mar  de arenas de un par de kilómetros en cuadro, exceptuando los característicos accidentes montañosos, que tampoco podían faltar aquí, por ser definidores de cualquier pedazo de la Isla, por reducido que este sea.

            La gran luchada que esta noche celebran los palmeros en la Cumbre Vieja, en Los Llanos de los Sables y de las Brujas, adonde confluyen confundidos los hombres que vienen de diferentes y apartados lugares en bulliciosas algazaras, va a comenzar dentro de breves instantes.

            Nuestro héroe por ahora, José María, el de Tacande, acaba de cenar entre dos luces, y acto seguido partió raudo hacia el monte, en compañía de unos amigos y admiradores, que impacientes le estaban esperando.

            Y hablando del tema obsesivo de la lucha, de sus incidencias y anécdotas, trepaban más que subían hacia la Cumbre Vieja. Por malos caminos, atajos, veredas, sobre piedras sueltas y resbaladizas, o venciendo la resistencia que oponían a su paso, los ramajes del monte bajo, brezos y hayas  principalmente, y saltando más que andando, y corriendo más que caminando sobre sus vigorosas piernas que jamás sintieron la fatiga, en el silencio de la noche dormida, solo se oyen las fuertes pisadas de unos hombres que pasan, ruidos de ramas movidas o de piedras que ruedan o palabras sueltas que tenían significado  y fuerza viril de vida, en el profundo mutismo de la noche en sombras, que no sé porqué se nos antoja al evocarla  como antesala de la quietud suprema.

            A la llegada de nuestros héroes a los famosos llanos, éstos se hallan invadidos  de hombres que pululan por todas partes. Saludos de bienvenida, risotadas anchas, expresivas de grandes alegrías, saltos, carreras, cantigas, apuestas, discusiones, bullidos y confusión general, hasta que los ancianos de uno y otro bando, veteranos luchadores nombrados jueces de campo, y cuyo fallo inapelable era acatado por todos como rigurosamente justo, anunciaron que la luchada iba a comenzar. Se hace el silencio espectacular  y expectante  que anuncia y precede a estos grandes y sonados encuentros, de regocijo sano, pero también de emociones contenidas y pasiones nobles por la Victorio de uno u otro bando.

            Los espectadores en cuclillas unos, sentados o acostados otros, y algunos poseídos de nerviosismo de pie o paseando, mientras los luchadores se visten cachazudamente, clásica ropa del deporte: Camisa y pantalones de lienzo, arremangados hasta más arriba del codo y de la rodilla. Hay más de veinte luchadores por cada uno de los dos bandos. Y comienza la lucha.

            Dos mozalbetes a los que apenas apunta el bozo… Se estiran y se contraen en brío. Dan vueltas en derredor de sí mismos. Hacen esfuerzos físicos innecesarios. Prisa y nerviosismo de la inexperiencia. Las fuerzas en pugna parecen estar equilibradas, pero de pronto, uno más hábil, levanta rápido y se contrae veloz y su contrario cae limpiamente al suelo. El vencedor ayuda a levantarse al vencido y ambos se abrazan y ríen. Aplausos. Los breñuscos acaban de apuntarse la primera victoria de la noche.

            Otro del Valle sale por el vencido. Un joven alto y delgado, al parecer, de pocas fuerzas, se observan después de agarrados, durante breves instantes, y de pronto un desvío por parte del luchador del Valle hace perder el equilibrio a su contrario que cae con gran facilidad. El secreto de esta lucha parece consistir en hacer perder el equilibrio al contrario y aprovechar la coyuntura para derribarlo. En este caso la lucha pareció un simple juego sin esfuerzo alguno. A veces da la sensación  y así parece ser, que un luchador se tumba a si mismo, esto suele suceder a los más fuertes cuando desconocen los secretos del arte. En muchos casos la superioridad física de uno sobre el otro, es anulada por lo hábil de una defensa y el sacar partido de las oportunidades, la falsa colocación del contrario, o lo desarbolado que se queda a veces un luchador al tirar ciertas luchas  en ocasión propicia para atacarle.

            Un nuevo luchador sale al terrero. Es un verdadero atleta. Hombros y brazos poderosos con músculos hipertrofiados, que se dibujan con líneas claras y precisas al contraerse. Como un gladiador avanza lentamente hasta su contrario. ¡Pobre muchacho!. Se agarran a satisfacción de los jueces, levanta rápido como una tromba hasta la altura  de su cabeza al luchador del Valle, como si fuera a arrojarlo como un pelele, pero las largas y  ágiles piernas de su contrario se le enredan al tórax como reptiles, y resbala deslizándose cauto hasta tomar tierra. El atleta tira nuevamente con todas sus fuerzas, pero el muchacho, rápido como el rayo se contrae hasta quedar en cuclillas y el gigante impedido por sus propias fuerzas rueda hasta dos o tres metros más allá. ¡Bien muchacho! ¡Bravo por tu elasticidad felina!.

            Los alardes de arte y destreza, agilidad y fuerza se suceden sin interrupción. Una buena parte de los luchadores de uno y otro bando han sido derribados ya, mereciendo destacar entre todos los luchadores que han tomado parte en este encuentro, un joven imberbe de las Breñas, de poca estatura y menguada fuerza –que derribó sin interrupción a cinco de los mejores luchadores del Valle hasta que sucumbió ante la abrumadora y aplastante superioridad física de Matacán, que a su vez fue derribado por Barajo, en un cuerpo a cuerpo hercúleo digno de mención y del cual se habló mucho por aquel entonces.

            Y entonces es cuando aparece en el terrero en defensa de los suyos, José María “el de Tacande”, el mejor luchador de la Isla por aquel entonces. Vedlo. Alto y fornido como un guanche, enjunto de vientre y seco de adiposidades, de proposiciones apolíneas, sus músculos de ropero se desmarcan unos de otros por líneas precisas y es un todo armonioso y rítmico las diferentes partes de su cuerpo. Sin una hipertrofia muscular inútil y llamativa  o hiriente, y sin prominencia física alguna que no dé la sensación de haber sido tallada, pulida, por un concienzudo artífice. Todo él da sensación de nerviosismo dinámico, de inquietud expectante y recelosa y agilidad felina. Es diferente de todos los demás. Es único. Reina la más profunda de las expectaciones. Se oyen las respiraciones mal contenidas y el susurro blando de la brisa que barre los malos pensamientos y ahuyenta los deseos impuros. El luchador sonríe con la sonrisa de los fuertes, que confían en sus propias facultades. Barajo, más voluminoso y tal vez más fuerte lo espera con serenidad austera y reservada. Antes de comenzar la lucha da la impresión de va a derribar a su contrario. Pero la lucha empieza. La rapidez y seguridad de movimientos del luchador del Valle se imponen. Varias tentativas de luchas son frustradas por Barajo, que no cae por levantada, por desvío, ni por agachadilla. Rápido replica a cuantas luchas le tiran , se defiende a la perfección. Pero José María, tanteado el terreno, parece ya impaciente de este juego inútil, levanta seguro sobre su propio cuerpo, que ya es el eje de la lucha, gira alrededor de si mismo con rapidez de vértigo, carga con la cadera y Barajo cae pesadamente a sus pies. Hermosa lucha. Aplausos y aclamaciones. Vítores. Por el lugar donde suenan los plausos  y por las aclamaciones, aunque no se hubiera presenciado la lucha se podía saber quien era el vencedor. En un santiamén derribó a la casi totalidad de los luchadores del equipo contrario que llevaba gran ventaja de luchas.

            Por toque por dentro, cango y garabato, que son sus armas favoritas ha diezmado al equipo contrario, al que solo le queda en pie un solo luchador. El último. La esperanza más sólida de las Breñas; Chamusquína. La confianza máxima del equipo contrario. Es todo  un hombre. No vacilamos a fuera de imparciales en reconocer que es francamente más fuerte que José María el de “Tacande”. Las hazañas de los enormes pesos que levanta o arrastra o carga, son famosos y conocidos en toda la Isla, donde se rinden públicos homenajes de admiración a estos superdotados físicamente, al igual que lo hacían nuestros antepasados los guanches. Es la última de las luchas. La decisiva. La expectación alcanza el grado superlativo. Se agarran y mutuamente, se observan con profundo respeto, sin apenas moverse. Pisan y pesan con fuerza sobre las arenas, donde se entierran sus pies desnudos. Chamusquina,  levanta con fuerza a José María pero éste coloca sus piernas entre los muslos y hace infructuosa la levantada, neutralizando el hérculeo esfuerzo de Chamusquina. Toma tierra José María, e intenta levantarlo a su vez, pero es imposible. Forcejean durante breves instantes, dan vueltas, respiran con fuerza, pero de pronto Chamusquina, se endereza hasta quedar erguido, levanta con fuerza dando la sensación de que va a tirar a José María, como un pelele. Los dos están en equilibrio inestable, vacilante, Chamusquina inicia in temible  garabato, pero José María con la velocidad del pensamiento, carga todo su cuerpo sobre la extremidad amenazada y replica a su vez con un garabato en la pierna contraria de Chamusquina y cargando con todo su cuerpo sobre él este cae pesadamente hacia atrás llevándose en su caída a José María que le cae encima. ¡Magnifica lucha!. Es el arte que domina a la fuerza. La agilidad y la destreza que se imponen. La lucha ha terminado. ¿Ganaron los del Valle? La gente invade el terreno y se llevan a José María en hombros. Gritos de júbilo.   Algazara. La Luna se esconde entre las nubes que jugueteando pasan  coquetamente y a la débil luz de las estrellas, los arenales parecen llenos de incertidumbre. Los gritos de alborozo y alegría que se pierden en la noche, cada instante que pasa parecen lejanos y más profundos.

            Pero de pronto un nuevo y decidido luchador se presenta en el terreo cogido de la mano de uno de los jueces de campo, que era tío de José María y su mejor maestro. Venía vestido como todos los demás pero encubierta la cabeza con una montera, con  las aletas cogidas sobre la barbilla que ocultaban en parte su rostro. Era insólita su presencia. Es el luchador desconocido. Expectación. Todos hacen un corro y aplauden. La fiesta sigue y José María embriagado por el triunfo, los aplausos y las exclamaciones, salta decidido a luchar con él seguro de derribarlo.

            Tiene la misma estatura de José María. Las mismas cifras del año que corre: 1.800. Su constitución es semejante a la del luchador de Tacande, aunque sus formas son más redondeadas, y sus carnes más blancas y caderas más anchas y poderosas. Es fuerte, ágil y nervioso como José María y profundamente cauteloso. No demuestra prisa, ni impaciencia. Parece la estatua de la serenidad. Con la cabeza baja se acerca lentamente al luchador  Tacande, que erguido, desbordado de júbilo, lo espera a pie firme en la mitad del terrero. Humildemente, sin pretensiones, parece que viene a probar sus fuerzas con el héroe de aquella jornada, el magnifico luchador de Tacande.

            Los breñuscos aplauden con verdadera furia, pues ya tienen la esperanza de que venza  por ellos el luchador desconocido. ¿Quién es? ¿De dónde viene? Se preguntan en voz baja. Cuchichean. Pero nadie sabe ni dice nada. El tío de José María  sonríe enigmáticamente. La luna riela de nuevo sobre los muertos arenales, dándole aún más belleza y poesía a la estampa clásica de todos los luchadores. Las fuerzas parecen estar  artísticamente  equilibradas. Los dos son dignos de vencer. Tal para cual comentan los espectadores. Los dos se mueven con ritmo grácil, giran, dan vueltas. Parece que juegan. Los movimientos a veces son tan acelerados  que no se pueden detallar porque la vista es torpe para analizarlos. Pero ya José María el vencedor de aquella noche, se impacienta del juego inútil, levanta con todas sus fuerzas y encadera, pero su contrario se defiende maravillosamente. Da vueltas, lanza un garabato infructuoso, se agacha y se estira con agilidad increíble. Descansa. Le tira una palmada pero su contrario parece que la esperaba y huye, esquiva, resbala,  la lucha temible es anulada. Lanza un desvío y acto seguido un traspiés y luego una levantada, pero todo es inútil, infructuoso, este luchador anónimo conoce todos los recursos del arte y se defiende con toda la celeridad que la lucha demanda, y lo que más sorprende es que no replica con una nueva lucha, sino que sigue esperando, como incitando a su contrario a que lo venza  sin dejar vencerse. No se impacienta, ni se precipita, no ha hecho ningún alarde de fuerza. Estudia a su contrario y espera. Tiene confianza en si mismo. José María se exaspera. ¿Quién es este luchador que no lucha sino que se defiende, y que no cae por que no acierta a derribarlo? ¿Se estará burlando de mí? Ahora verás. Gira con todas sus fuerzas alrededor de si mismo, levanta y encadera en un esfuerzo supremo, pero su contrario se suelta, alza sus brazos hasta colocarlos por las espaldas  de José María, abrazándole el  tórax,  gira, le enreda una de sus piernas en las suyas. Se suelta, coge con ambos brazos una pierna de José María y lo levanta con seguridad pasmosa en el aire, y luego lo deja caer blandamente, con mimo sobre las arenas, mientras sonríe con sonrisa dulce a la multitud enardecida que lo aclama. Gritos, vivas, algazara, tumulto y confusión. Nunca oyeron los arenales de Bidigoyo, poseídos de silencio y misterio habituales algarabía tan grande.

            José María avergonzado de la derrota se levanta muy a pesar suyo  y como un chiquillo travieso  y mal educado en un arranque pueril exclama:

            -Apuesto lo que quieras, a que esa que acaba de tumbarme es mi hermana.

            Y  efectivamente era su hermana, que repetidas veces lo había tumbado en el huerto familiar donde se entrenaban. Y al fin mujer, piadosa y compasiva, se acercó a él abrazándolo mimosamente para consolarlo…..

A. PINO